¿Existió algún tipo de influencia entre la obra más emblemática de nuestras letras, «Don Quijote de la Macha», y la trilogía que nos regaló el maestro Tolkien, «El Señor de los Anillos»? Antes de establecer una serie de paralelismos que podrían confirmar que así fue, vamos a ahondar en un aspecto: siempre se ha dicho que la novela de Cervantes es una parodia de los libros de caballerías. Sin embargo, no podemos detenernos solo en este hecho: «El Quijote» es una parodia, sí, pero de todos los géneros que existían y fluctuaban en ese momento en la literatura española. Una parodia de los prólogos, en base a los que Cervantes construyó su propia biografía (una de las más fascinantes de las letras españolas) una parodia del propio libro, y todo ello narrado con una sencillez que convierte al Quijote en una de las mejores novelas que jamás se han escrito. En ninguna otra novela hay tantos temas de la narrativa como en esta: «El Quijote» supone la destrucción de un canon y la construcción de uno nuevo que marcó e influyó a toda la literatura posterior:

he ahí la grandeza de Cervantes. Un hombre que no había destacado en las letras, por mucho que lo intentase, sobre todo en las que dejaban dinero: en el teatro fue avasallado por ese vendaval llamado Lope de Vega, la novela no dejaba dinero en aquella época, decidió ser escritor ya tarde, llevó una vida marcada por cientos de fantasmas y tuvo que construirse otra a golpe de prosa. Y bien, ¿qué tiene que ver todo esto con el maestro Tolkien? La primera traducción de «Don Quijote» en Inglaterra se hace a cargo de Thomas Shelton, en 1612. En 1620 se traduce la segunda parte y para el año 1652, ya tenían los ingleses traducidas a la lengua de Shakespeare la novela completa. Desde ese momento surge en Inglaterra una autentica fascinación por estudiar la obra y la figura de Cervantes: nacen imitaciones, como la que escribe John Bunyan, un clásico de la literatura puritana inglesa llamado «The Pilgrim´s Progress». Surgen ediciones, como la que hace Tonson en 1742: una edición ilustrada con traducción y adaptación que incluye una biografía de Cervantes.

Mientras que en el siglo XVIII decaía en España el interés por la obra cervantina, en Inglaterra la misma influye en escritores de la talla de Locke, Wharton o la mismísima Jane Austen. Los estudios sobre Cervantes y «El Quijote» avanzan, convirtiendo al hidalgo en mito en la época del Romanticismo y extendiendo su influencia a escritores como Dickens, George Elliot o la inmortal autora de «Frankenstein», Mary Shelley. Hay miles de ejemplos que nos servirían para establecer un recorrido y ejemplificar el interés de «Don Quijote» en tierras inglesas, y para J.R.R. Tolkien, gran conocedor y admirador de la literatura española, esta corriente no podía pasar desapercibida. Este interés surge en Tolkien gracias en parte a la influencia de su tutor, el sacerdote hispano-británico Francis Morgan, que fue un factor determinante para que el creador de «El Hobbit» conociera nuestro idioma y se interesase por nuestra literatura. Además existe un puente, un lazo de unión que de forma inevitable une la obra de Cervantes con la de Tolkien: los libros de caballerías. Todos los clichés de estas novelas que tanto triunfaron en España sirven para que ambos autores conecten sus letras, que tienen paralelismos tanto en las estructuras narrativas, con los tópicos del falso cronista, el manuscrito encontrado o la falsa traducción, paralelismos en cuanto a la verosimilitud con la que ambos trazan la ficción de sus temas, paralelismos en cuanto al punto de partida de sus novelas: el viaje de los personajes, Don Quijote y Bilbo Bolsón en busca de aventuras, la asimilación de sabiduría y conocimientos que ambos van adquiriendo gracias a la variedad de personajes con los que se cruzan, las poesías y canciones, intertextos intercalados en el texto principal, el ideal de la mujer amada, con una belleza tan típica de la caballería medieval y, sobre todo, lo que parece mostrar el conocimiento que Tolkien tuvo de la novela cervantina, el binomio caballero-escudero que se refleja entre las parejas Quijote-Sancho y Frodo-Sam.

Es quizá las figuras de estos escuderos donde podemos encontrar mayor semejanza en las obras: héroes cotidianos que podrían confundirse y que son recordados, aparte de por su fiel compañía a sus señores, por la ingenuidad, la simplicidad y la frescura que otorgan a la obra, sus diálogos, su sencilla grandeza y cotidianidad. Podría resultar que un estudio más profundo determine que la semejanza es algo forzada; «El Señor de los Anillos» no es una imitación de nada y, desde luego, los argumentos, tramas y diálogos se alejan mucho de la obra de Cervantes. De hecho, ambos consiguieron objetivos distintos con sus obras: el autor de «El Quijote» rompe con los cánones establecidos y Tolkien asienta las bases del canon que nos llevaría a lo que hoy conocemos como fantasía épica. Lo que sí está claro es que el maestro inglés conocía y admiraba las letras españolas, que bebió de los libros de caballerías que Cervantes utilizó para convertir su obra en una novela inmortal y que la influencia de un hombre hecho a sí mismo, Don Miguel de Cervantes, dejó (y deja) una profunda huella en los estudios filológicos de la cultura inglesa.

Lorena Escobar de la Cruz

Bibliografía:

(Fotos tomadas de: Wikipedia, Telesur, Cervantes Virtual, Fotogramas, BBC, Exlibris, Eured, Planeta). Para conocer más: «Tras las huellas de Don Quijote. Breves notas sobre la influencia cervantina en The Lord of the Rings», Ana María Mariño Arias, en Tirant 18, 2015.

Un comentario sobre “CERVANTES Y TOLKIEN

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